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martes, 29 de marzo de 2011

FINALMENTE, ¿QUIÉN FUE EMMANUEL?

por: Dr. Alberto R. Treiyer





Después de enseñar durante varios años la clase de Profetas, quedé decepcionado al ver cómo la lección de este trimestre aborda la introducción de Emanuel en Isaías, dejando un cuadro confuso en relación con su proyección profética. Mientras que en una lección afirma que el niño anunciado, que nacería de una virgen con ese nombre, es Cristo en el Nuevo Testamento, y descarta otras posibilidades desde una perspectiva tipológica, en la siguiente lección termina dejando a todos en una mayor incertidumbre al decir: “quienquiera que fuese el Emanuel del Antiguo Testamento”.


Luego de dar durante dos sábados, en iglesias diferentes, las dos lecciones que tratan de Emanuel en conjunto, decidí preparar un bosquejo y recordé que Gabriel Cebasco había enviado un mensaje días antes sobre el tema. Al buscarlo, descubrí que era del Dr. Carlos Enrique Espinoza. Me alegré al ver que iba en la dirección correcta, pero sentí que debía ampliar el panorama, ya que deja también muchas preguntas sin responder. Si después del análisis que comparto aquí, alguien siente que tiene algo más para aportar, que sea bienvenido, ya que tampoco mi análisis será suficientemente exhaustivo. Mi interés se centrará aquí, en la consideración de algunos aspectos básicos para comprender estas profecías.


1. El peligro real.

Cuando el profeta se dirigió al rey de parte de Dios, ofreciéndole una señal del cielo (Isa 7:11), no fue para que el rey pidiese cualquier cosa con tal de satisfacer su curiosidad, sino algo que respondiese a su problema. El rey estaba tremendamente angustiado por una invasión que tenía como propósito destruir su reino, el reino de Judá. Mientras que David y Salomón lograron mantener unidas las doce tribus de Israel, con Roboam, el tercer descendiente, el reino se había dividido y se habían establecido dos cultos y dos reinos rivales. ¿Cuál dinastía iba a prevalecer? (véase 2 Crón 13:5).

Judá tenía todo en su favor. Dios había escogido a Jerusalén como lugar de su reposo, y su gloria descansaba sobre el templo de esa ciudad. A David, su rey, le había prometido establecerlo “para siempre” en medio de su pueblo, mediante la promesa de proteger su descendencia hasta que llegase un hijo suyo que reinase para siempre. En otras palabras, su descendencia no podría ser jamás aniquilada. Muy diferente era el caso de Israel (o Efraín), que tenía todo en su contra.

Dios había dado la orden de que todas las tribus peregrinasen tres veces al año (en la Pascua, en el Pentecostés y en los Tabernáculos), al culto que Salomón había inaugurado en Jerusalén, y cuyo templo había sido santificado mediante un descenso visible de la gloria de Dios delante de todo el pueblo reunido. Esa orden debilitaba de antemano todo intento de división del reino, por lo que el rey de Samaria decidió establecer otro culto en un lugar histórico memorable, Betel (cf. Gén 28:19), así como en otros lugares históricos significativos también (1 Rey 12:26-33).

Ambas dinastías con ambos cultos se volvieron así, rivales desde el mismo comienzo. El mayor problema de la dinastía que se estableció en Samaria fue su autenticidad. Tanto los reyes y sacerdotes de Judá como los profetas de Israel negaban constantemente su validez y exhortaban al pueblo a volver al verdadero culto en Jerusalén (2 Crón 11:13-17; 13:6-10). Esto llevaba a los de Samaria a querer levantarse “contra el reino del Señor que está en mano de los hijos de David” (2 Crón 13:8), ya que “Dios dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos” (v. 5). Los de Judá, en cambio, podían afirmar con fe que “Dios está con nosotros” reinando a través de un hijo de David (v. 12).

El profeta Amós estaba anunciando también por esa misma época, la ruina del culto de Betel (Am 3:14; 5:5), así como del reino de Efraín (Am 7:9-11). Eso provocó una confrontación muy fuerte del profeta con el sacerdote de ese culto cismático y real de Betel (Am 7:10-13). De manera que el verdadero peligro que Acaz vio en esa coalición Siro-Efraimita para invadir Judá, tuvo que ver con la extinción de la casa de Acaz, descendiente de David. Por tal razón, “se estremeció el corazón de Acaz y de su pueblo, como se estremecen los árboles del monte a causa del viento” (Isa 7:2).

Cuando los reyes antiguos vencían a otros pueblos, si no hacían tributario al rey vencido, procuraban destruir la dinastía sin dejarles ningún sobreviviente. Esa era la manera más contundente de hacerles perder la esperanza de toda recuperación. ¡Qué oportunidad extraordinaria se le presentaba, pues, al rey de Israel para acabar de una vez con esa rivalidad que constantemente menoscababa su reino, exterminando todo descendiente de David para que no hubiese más rey en Jerusalén! Por eso dijeron los dos reyes que se complotaron contra Judá: “pongamos sobre ella por rey al hijo de Tabeel”, quien no tenía nada que ver con la dinastía de David (Is 7:6). Pero Dios había empeñado su Palabra diciendo que no faltaría descendiente sobre la casa de David (2 Sam 7:16), y que, por lo tanto, su reino no tendría fin (Isa 9:7).

2. La “virgen”.

En medio de la angustia de Acaz, Dios manda al profeta presentarse ante el rey con su hijo Sear Jasub (“un remanente volverá”), que como sus demás hijos, servían con sus nombres simbólicos de “señales y prodigios en Israel” (Is 8:18). La presencia del profeta con su hijo, era un testimonio definido de la voluntad divina de proteger a su pueblo en medio de los tumultos de las naciones, así como su dinastía. A pesar del desaire del rey, Dios da una señal a “la casa de David” (Is 7:13), afirmando otra vez que su dinastía no desaparecería. Una joven de la familia de David tendría un hijo de quien vendría el Mesías. El rey no podría dejar de pensar, al ver ese niño, en la fidelidad de Dios quien prometió que no faltaría descendencia sobre la casa de David.

Por la misma época, Miqueas anuncia el lugar donde va a nacer el niño prometido. Cuando “la que ha de engendrar” lo de a luz, afirma, “el resto de sus hermanos volverá a juntarse” (Miq 4:2-3). Así como lo indicaba el nombre del hijo de Isaías, “un remanente” volvería a agruparse bajo un hijo de David (Miq 5:4). Pero, ¿quién sería esa “joven” que daría a luz? ¿Sería virgen? ¿Sería alguien recién casada? ¿Cómo entender la señal?

Es cierto que el Antiguo Testamento usa a menudo la palabra betulah para referirse a “virgen”, y que no aparece en Is 7:14. Betulah aparece a menudo en relación con na‘ara, “joven”. Pero también usa ‘almah, “joven” o “doncella”, en relación con na‘ara (Gén 24:43: ‘almah, v. 55,57: na‘ara), y también en relación con betulah (v. 16). El masculino de ‘almah es ‘alem: “muchacho, adolescente, joven” (1 Sam 17:56; 20:22). De allí viene también ‘alumenu: “juventud, vigor juvenil” (Sal 90:8; Isa 54:4; Sal 89:46; Job 20:11; 33:25). Resulta claro, así, que los tres términos, ‘almah, na‘ara y betulah eran equivalentes, sinónimos.

Cabe destacar que nunca se usa el término ‘almah para referirse a una mujer casada (Ex 2:8; Prov 30:19 (discutible como ciertos pasajes que usan betulah sin referirse necesariamente a virginidad: Joel 1:8); Sal 46:1 (¿soprano?); Sal 68:26[25]; Cant 1:3; 1 Crón 15:20 (¿sopranos?); Cant 6:8. Los diccionarios teológicos y comentarios bíblicos que presumen el sentido de ‘almah como pudiendo implicar también una mujer casada, se basan en una interpretación que hacen de Isa 7:14, no en ningún otro pasaje de la Biblia. De manera que el rendimiento de Isa 7:14 por “virgen”, como lo entendieron los judíos que tradujeron el Antiguo Testamento al griego, está correcto. Parece obvio que tales traductores judíos tres siglos antes de Cristo, entendieron que para ser una señal, el niño debía nacer de una virgen, no de una mujer joven casada. Y al traducirlo así, estaban de acuerdo con el sentido implícito del término en el resto del Antiguo Testamento.

3. ¿Quién fue la virgen?

Siendo que el problema de fondo tenía que ver con la dinastía de David, la tendencia general ha sido la de presumir que el nacimiento de un hijo de Acaz, a su vez descendiente de David, iba a ser la señal de que la descendencia davídica se iba a perpetuar. Debido a que Ezequías fue hijo de Acaz, y Mat 1:9 certifica que formó parte de la genealogía que llegó hasta el hijo de María, se ha creido que el nacimiento de Ezequías cumplió con la señal indicada. Aunque para algunos, la cronología presenta ciertas dificultades, parece ser la respuesta más lógica al contexto inmediato del mensaje profético.

Pero, ¿quién fue la joven o virgen? ¿Sería una joven que no estaba casada aún con Acaz, o que estaba por desposarse con él, y que probaría no ser estéril una vez que se uniese con el rey? ¿Quién sería la señal? ¿La joven, el niño, o ambos? A menudo, encontramos que la tipología del Antiguo Testamento se refiere a algún evento futuro que sobrepasa el cuadro de la representación terrenal, con el propósito de que la gente mirase en aquellos días hacia un cumplimiento más vasto, que el momento presente sólo cumple en forma parcial. En este contexto, no habría necesidad de pensar que la palabra ‘almah debía implicar una mujer casada, sino que lo que una mujer casada iba a tener en los días de Acaz, iba a representar el nacimiento virginal de un niño en el futuro, un hecho mayor como lo fueron siempre las realidades en relación con los tipos o figuras o símbolos o representaciones.

Todo esto implica que mientras que en los días de Isaías, el nacimiento de un hijo de Acaz iba a ser la señal más específica, en los días de Mateo también la virginidad de la madre de Jesús lo sería (Mat 1:23). Esto puede ampliarse todavía, en la consideración del uso del término betulah, “joven” o “virgen”, en los días de Isaías y aún en el Apocalipsis.

4. La virginidad de Jerusalén y de otras ciudades.

Varias expresiones semejantes se usaban entonces para referirse a Jerusalén, e incluso a otras ciudades de otros reinos. “La virgen (betulah) hija de Sión..., hija de Jerusalén” (2 Rey 19:21; Isa 37:22)—una referencia directa a la ciudad misma, capital del reino—desprecia al altivo invasor asirio en la época de Ezequías, porque “con nosotros está el Señor” (2 Crón 32:8: ‘imanu). Esa había sido la promesa que Dios había dado para cuando el reino de Asiria invadiese la tierra de “Emanuel” “hasta la garganta” (Is 8:7-8). Ezequías, como todos los hijos de David que se sentaban sobre el trono de Israel, era aquel a quien Dios se había escogido como “hijo” suyo al momento de coronarlo rey (cf. Sal 2:6-9). Ezequías y todo el pueblo tiemblan de angustia también, cuando “la virgen... de Jerusalén” en momentos tales, esto es, “la que da a luz, no tiene fuerza” ante el peligro inminente (2 Rey 19:3).

Más tarde, cuando está por caer bajo los babilonios, Jerusalén clama también “como mujer que está de parto”, con “angustia como de primeriza” (Jer 4:31). El Señor se refiere a ella como “la virgen hija de Judá” a quien la desprecia por su infidelidad (Lam 1:15), y a quien no puede curar. Parece extraño que a una mujer infiel Dios la continúe llamando betulah, el término que muchos consideran como expresando inequívocamente “virgen”, cuando su sentido no parece restringirse a ese significado, ya que para entonces se prostituía con otros reinos (Eze 16; 23). Aún de las capitales del reino de Egipto, de Sidón y de Babilonia, los pasajes se refieren como a una betulah (Jer 46:11; Is 23:12; 47:1).

De Samaria, la capital del reino del norte, también se refiere la Biblia como a una virgen (betulah) que ya había fornicado en Egipto, y que continuó prostituyéndose con los asirios hasta ser destruída (Eze 23:8-10). Cuando llega a su punto final, esa ciudad maldita anhela un remanente, con un descendiente de la casa real, para poder perpetuar su nombre. Le sobrevienen “dolores de mujer de parto”, pero para desilusión, da a luz “un hijo estúpido”, que hasta se retraza en el alumbramiento (Os 13:13). En cambio de Jerusalén se promete que al final se llenará repentinamente de hijos, tan rápido que los dará a luz aún “antes de estar de parto” y de “tener dolores” (símbolo de la resurrección final), porque el Señor la hará engendrar (Is 66:6-14).

Otros términos equivalentes se refieren a “la virgen (betulah) hija de mi pueblo” a quien Dios deshecha por su infidelidad (Jer 14:17), “la virgen de Israel” (31:4), a la cual Dios llama a volverse a su verdadero esposo (v. 21). El niño que iba a nacer en los días de Acaz no debía mirárselo, por consiguiente, como necesariamente nacido de una mujer virgen, sino de la ciudad de Jerusalén. A lo sumo, la “virgen” podría referirse a la esposa de Acaz o a Jerusalén como siendo fiel, ya que cuando Dios perdona, considera a su pueblo como si nunca hubiera pecado, pudiendo disfrutar de una relación conyugal con él como si fuesen vírgenes (Os 2:15úp; 2 Cor 11:2; Ef 5:25-27; Apoc 14:4,5; 19:7-8).

En síntesis, al usar el término “doncella” o “virgen” el profeta indicaba una señal mayor que la que se daría en los días de Acaz con el nacimiento de un hijo suyo. Nacería un hijo más lejano, descendiente de David, por una mujer auténticamente virgen, no solamente en una dimensión moral y/o espiritual, sino también carnal. Así lo entendieron los traductores de la LXX y posteriormente los evangelistas en la época de Jesús, puesto que así lo reveló el Señor mismo (Mat 1:20-22).

5. Dios con el remanente a través del rey

Cuando Dios nombró a David como su rey, lo engendró como hijo suyo (Sal 2:7; 89:26), y lo declaró en ese sentido “primogénito” (Sal 89:26-29), aunque según la concepción carnal era el menor de sus hermanos. Le prometió también, cerca de su muerte, que un hijo suyo edificaría una casa para el Señor. Ese hijo de David fue Salomón, aunque a través de esa instalación como rey, todo el mundo sabía que Salomón no era el hijo a quien Dios establecería “para siempre” sobre “su trono” (1 Crón 17:12-14). En él todos debían mirar algo más grande por venir, un hijo que al resucitar y sentarse a la diestra de Dios en el cielo, ninguna otra dinastía terrenal podría destruir (Hech 2:30-36).

¿Sobre qué trono se sentaban los hijos de David? Sobre “el trono del reino del Señor” (1 Crón 28:5). “Y se sentó Salomón por rey en el trono del Señor, en lugar de David su padre” (1 Crón 29:23; 2 Crón 9:8). “El reino del Señor”, sabían sus representantes terrenales, estaba “en mano de los hijos de David” (2 Crón 13:8). Ellos debían disponer el juicio y la justicia para siempre en medio de su pueblo (2 Crón 9:8). De allí que el niño que tendría nombres divinos podía ser anticipado en su obra que efectuaba a través de Ezequías y de los demás reyes de Judá (Isa 9:6-9: “disponiendo y confirmando el reino del Señor en juicio y justicia desde ahora y para siempre”).

¡Cuánto no se esforzaría el diablo para hacer caer a tales representantes del trono del Señor! El trono de Babilonia y su rey (Is 14), así como el de Tiro y su rey (Ez 28), contrariamente, eran un símbolo del trono de Lucifer, del ángel rebelde que se estableció en forma impostora como “príncipe de este mundo”. A través del reino de Israel (la teocracia), Dios quería contrastar los principios de su reino con los del príncipe rebelde representado por los grandes imperios y ciudades impías de este mundo.

Por supuesto, los nombres divinos que Dios dio acerca de ese niño por nacer (Isa 9:6), no debían atribuirse al niño Ezequías. Pero a través de él y lo que representaba, debían todos mirar a Aquel niño futuro cuyos atributos divinos le calzarían a la perfección. Jesús se refirió a la obra de tales reyes y jueces de Israel que lo representaban como a “aquellos a quienes vino la palabra de Dios” (Juan 10:34-35; véase 2 Cor 5:20). Pero Juan aclaró que a Jesús no le vino la Palabra de Dios, porque él mismo “era la Palabra” que vino a los hombres (Juan 1:1ss). Al ver cómo Jesús resucitó y Dios lo sentó a su diestra sobre su trono en su templo celestial, Pedro y los demás apóstoles podían entender cómo es que se iba a cumplir la promesa de reinar para siempre en medio de su pueblo (véase Eze 34:23-24ss).



Conclusión.

La señal que Dios dio por boca de Isaías era doble. Debía cumplirse mediante el nacimiento virginal de un niño descendiente de la casa de David que sería equiparado, literalmente, a Dios mismo, porque Dios estaría en medio de su pueblo a través de él. Todos sabían que Ezequías no nació de una virgen, pero sabían que el hijo que iba a venir en el futuro, el descendiente final de David, nacería de una virgen, y debían esperar a que llegase ese tiempo para obtener una liberación más completa y definitiva.

De la misma manera, todos sabían que Jerusalén no era virgen, pero debían mirar en ella a la “santa ciudad” por venir, “la nueva Jerusalén” (Heb 11:10,13-16; 12:22; 13:14), sobre la cual reinaría un hijo de David para siempre en medio de su pueblo (Apoc 21-22). Y aunque un hijo de la Jerusalén terrenal de los días de Isaías se sentó sobre el trono del Señor para reinar sobre el antiguo Israel, la capital terrenal del reino divino, y Dios estuvo con su pueblo a través de él, ese hijo no iba a reinar para siempre. Todos debían mirar más allá de él, hacia un cumplimiento mayor que el Señor efectuaría “llegado el cumplimiento del tiempo” (Gál 4:4), cuando Cristo Jesús, el Hijo de Dios mismo, naciese de una virgen.

feunte: contestandotupregunta

Los Nombres de Dios en el Antiguo Testamento


Los títulos de Dios presentados en los Escritos inspirados revelan su carácter y los atributos que posee como Dios. Un estudio del significado de los diversos nombres bajo los cuales Dios ha querido revelarse aclara la naturaleza de su trato con el hombre. La palabra hebrea shem, "nombre", puede muchas veces traducirse como "persona". Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento. La frase "bendito el que viene en el nombre del Señor" (Mar. 11: 9) se refiere sin duda a Jesucristo como representante personal de Jehová. "Bendito", eulogémenos, aquí se entiende "que ha sido bendecido y sigue siendo bendecido". Otro ejemplo: "Muchos creyeron en su nombre" (Juan 2: 23). Es decir, aceptaron por la fe la revelación de su persona y la obra que les propuso. Creyeron en su persona y lo aceptaron. De esta manera en el Nuevo Testamento el nombre de Cristo indica lo que él es. "Su nombre se había hecho notorio" (Mar. 6: 14) indica que se habían difundido las noticias acerca de Cristo y de su obra.


En la Biblia hebrea textos tales como Exo. 3: 14, 15; 6: 3; 34: 14; Jer. 10: 16; 33: 16, etc., son ejemplos de cómo el nombre divino lleva consigo la idea de carácter. Shem, "nombre", originalmente quería decir "señal" o "prenda". El nombre es la señal, o la prenda de aquel que la lleva. Describe a la persona; le es característico. En el griego ónoma, "nombre", viene de la misma raíz de la cual proviene la palabra que se traduce "mente" y el verbo "conocer". En forma similar, la palabra sánscrita naman, "nombre", se deriva del verbo gna, "conocer". Por lo tanto, el nombre es equivalente a una "señal", o "prenda", por la cual se conoce algo.

Estos hechos son especialmente valederos en lo que se refiere a los nombres de las Personas de la Deidad. Indican su carácter y sus atributos; constituyen una revelación de las Personas divinas. Por lo tanto, los títulos de Dios son una expresión y revelación de Dios en su relación personal con los hombres mediante el plan de salvación.

Un título general para "Dios", que aparece más de 2.500 veces, es 'Elohim. Esta palabra tiene forma de plural, aunque cuando se refiere a Dios, generalmente aparece con el verbo en singular. Algunos eruditos asocian este término con el verbo árabe "temer", "reverenciar", en el sentido de que muestra a Dios como el Ser Supremo, a quien se debe reverencia. La raíz de esta palabra implica "fuerza", "poder", "capacidad". Se usa por primera vez con referencia a Dios como Creador (Gén. 1: 1). La obra de la creación es una demostración asombrosa del poder y de la majestad de Dios, de la omnipotencia divina en acción. El poder creador de Dios despierta en el hombre un temor reverente y un sentido de dependencia total. El nombre 'Elohim representa al Dios que se ha revelado por sus poderosas obras en la creación.

Al referirse a Dios, se usa el sustantivo 'Elohim casi exclusivamente en plural. Algunos han entendido que aquí se deja traslucir la doctrina de la Trinidad. Fue 'Elohim quien dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza" (ver com. de Gén. 1: 26). Este uso del plural sugiere ciertamente la plenitud y las múltiples capacidades de los atributos divinos. Al mismo tiempo, el uso constante de la forma singular del verbo recalca la unidad de la Deidad y constituye una reprensión para el politeísmo.

En algunas ocasiones se usó la denominación 'Elohim para referirse a hombres que estaban ocupando la importante posición de voceros de Dios. Por ejemplo, Dios le dijo a Moisés que debía ser para su hermano Aarón "en lugar de Dios ['Elohim]" (Exo. 4: 16). Dios le dio su mensaje a Moisés, quien se lo dio a Aarón, y él a su vez se lo transmitió a Faraón. Esto se ve nuevamente en Exo. 7: 1, donde Dios le dice a Moisés: "Mira, yo te he constituido dios ['Elohim] para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta". Estos hombres de responsabilidad eran los representantes del único verdadero 'Elohim, de Aquel que por su gran poder creó todas las cosas, y que por lo tanto es digno de toda reverencia, temor piadoso y culto de parte de los hombres creados. También se usa la palabra 'Elohim para referirse a "jueces" (Exo. 21: 6; 22: 8, 9) teniendo en cuenta su función como representantes de Dios.

Para referirse al único Dios verdadero se usa más de 200 veces la palabra 'El, forma más simple, y supuestamente más antigua de 'Elohim. Moisés, David e Isaías parecen haber tenido especial preferencia por este nombre. Algunas veces se usa con el artículo, como en la expresión "el Dios de Bet-el" (Gén. 31: 13; cf. 35: 1, 3), y "el Dios de tu padre" (Gén. 46: 3). También en este pasaje se pone el énfasis en aquel que es Todopoderoso, el Omnipotente, el único verdadero Dios. Otras formas elementales, tales como 'Elah y 'Eloah aparecen en varios textos, como variantes de una misma raíz, que expresan siempre la idea de poder y fuerza.


A menudo aparece 'El como parte de palabras compuestas usadas como títulos de Dios. Un ejemplo de esto es 'El-Shaddai. Este título sugiere la abundante bondad de Dios, las bendiciones temporales y espirituales con las cuales enriquece a su pueblo. Otros creen que Shaddai viene de una raíz que significa "ser violento", "despojar", "devastar". Este término, aplicado a Dios, significaría "mostrar poder". Esto se expresa en la traducción "Dios Omnipotente" o "Dios Todopoderoso". Este nombre muestra a Dios como el Poderoso o el que da generosamente.

Shaddai aparece por primera vez en Gén. 17: 1, 2, 4, 6. La traducción literal de este pasaje sería: "Jehová se le apareció a Abram, y dijo: Yo soy 'El-Shaddai; camina delante de mí y sé perfecto. Y yo haré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera... y serás padre de una multitud de naciones... y te haré fructificar en gran manera". Este nombre aparece nuevamente en Gén. 28: 3, donde Isaac dice que 'El-Shaddai bendeciría a Jacob, que lo haría fructificar y lo multiplicaría. En Gén. 35: 11; 43: 14 y 49: 25, se encuentran promesas similares de parte de 'El- Shaddai. Tales pasajes sugieren la liberalidad de Dios: 'El, Dios de poder y autoridad, y Shaddai, Dios de riquezas inagotables, las cuales concede a los hombres.

El título divino más común en el Antiguo Testamento (5.500 veces) es la palabra sagrada YHWH (que algunas veces se translitera JHVH), llamada Tetragrámaton, es decir, "cuatro letras", refiriéndose a las cuatro consonantes que la componen. (En el hebreo antiguo se escribían solamente las consonantes de las palabras.) YHWH aparece en el VVR como "Jehová". Los judíos consideraban tan sagrado el título YHWH que ni al leer las Escrituras lo pronunciaban, a fin de no profanar, ni siquiera involuntariamente, el nombre del Señor (ver Lev. 24: 16). Decían en su lugar la palabra 'Adonai (ver explicación en la pág. 39). En consecuencia, se perdió la verdadera pronunciación de YHWH. Se piensa, sin embargo que pudo haber sido Yahweh.

Unos pocos siglos después de Cristo, ciertos eruditos judíos, llamados masoretas, añadieron vocales al hebreo escrito a fin de preservar el conocimiento del idioma hablado. En ese tiempo añadieron a las consonantes YHWH las vocales de la palabra 'Adonai. Esto dio lugar a que la palabra se leyera literalmente Yehowah, transliterada en castellano como "Jehová". Al no conocer cuál era el sonido vocálico original de YHWH, los masoretas se propusieron entonces llamar la atención al hecho de que la palabra debía leerse 'Adonai. Por eso un lector judío bien informado, al encontrarse con la palabra Yahweh, leía 'Adonai. Los primeros traductores cristianos ignoraban esto, y simplemente transliteraron la palabra Yehowah, de donde tenemos la palabra "Jehová". Para evitar este problema, y siguiendo la tradición judía, en otros idiomas se usa el equivalente de "Señor". La VVR usa sistemáticamente la transliteración "Jehová" (Exo. 6: 31; Sal. 83: 18; Isa. 26: 4, etc.).

Ha habido grandes diferencias de opinión entre los eruditos con respecto al origen, la pronunciación y el significado de la palabra YHWH. Posiblemente YHWH sea una forma del verbo hebreo "ser", y en este caso significaría "el que es", "el que existe por sí mismo". Algunos eruditos afirman que la forma verbal en este caso podría ser causativa, y que por lo tanto significaría "el que causa el ser"; o que interpretada mediante la frase 'Ehyeh 'asher 'ehyeh (Exo. 3: 14), significaría "el que es o será", es decir, "el eterno". Según esto, el título de Señor o Jehová comprende los atributos de la autoexistencia y la eternidad. Jehová es el Dios viviente, la Fuente de vida, en contraste con los dioses de los paganos que no tienen existencia aparte de la imaginación de sus adoradores (ver 1 Rey. 18: 20-39; Isa. 41: 23-29; 44: 6-20; Jer. 10: 10, 14; 1 Cor. 8: 4). Este nombre le fue revelado a Moisés en el monte Horeb (Exo. 3: 14). Es el santo nombre del Dios que guarda su pacto, que ha hecho provisión para la salvación de sus hijos. Al igual que los otros títulos divinos, representa en hebreo el carácter divino de su relación personal con su pueblo.

Una profunda sensación de reverencia ante el sagrado carácter de los nombres de Dios se unía al vivo anhelo de los escribas de mostrar respeto por esos nombres. Bajo estas influencias, tomaban precauciones especiales para copiar fielmente los nombres divinos. Se detenían un momento antes de escribir las letras sagradas. Y el nombre que era considerado por sobre todos los otros como nombre personal de Dios, era Yehowah.

La expresión "palabra de Jehová" es muy común en el Antiguo Testamento. Se la encuentra en Gén. 15: 1, en un capítulo donde el nombre 'Elohim no aparece. Jehová es el nombre del pacto. Es el nombre bajo el cual Dios se acercaba a los hombres para comunicarse con ellos (ver Gén. 18: 1, 2; 28: 13-17; Exo. 33: 9-11; 34: 6, 7).

El nombre Yehowah aparece también en nombres compuestos que manifiestan más plenamente el poder redentor y preservador de Dios con relación a su pueblo. Tal es la frase Yehowah-yir'eh, literalmente, "Dios verá" (Gén. 22: 14), que significa "Dios proveerá" (vers. 8). (La palabra "proveer" implica ver por adelantado.) El punto en el cual fue probada la fe de Abrahán no fue si Dios aparecería, sino si Dios proveería. Contiene la promesa de que Dios proveería el sacrificio necesario para la expiación. Este nombre compuesto es el fundamento mismo del plan de salvación.

En Eze. 48: 35 se encuentra la expresión: "Jehová-sama", que en hebreo se lee Yehowah shammah, y que significa "Jehová está allí". Esto sugiere la presencia de Jehová entre su pueblo. Al igual que la expresión usada por Agar respecto de Jehová, 'El-ra'i, que es literalmente "Dios que me ve" (Gén. 16: 13), éste es casi un título. Otras frases descriptivas hebreas tienen un uso similar: Yehowah-ro'i, "Jehová mi pastor" (Sal. 23: 1); Yehowah-rop'eka, "Jehová tu médico" (Exo. 15: 26); Yehowah-tsideqenu, "Jehová nuestra justicia" (Jer. 23: 6); Yehowah-shalom, "Jehová paz" (Juec. 6: 24). Todos estos títulos ayudan a expresar la parte que Dios desempeña en el plan de salvación.

Hay otros nombres que sugieren la lucha del creyente: Yehowah-nes, "Jehová bandera". El sustantivo nes, "bandera", "señal", "estandarte", implica un punto en torno al cual se concentran las tropas. El título Yehowah-tsebaoth, "Jehová de los Ejércitos" (por primera vez en 1 Sam. 1: 3), lo destaca como Comandante en jefe de todos los seres creados, como Aquel que llevará a toda su creación a la victoria final (Rom. 9: 29; Sant. 5: 4). Este título también aparece bajo la forma 'Elohim-tsebaoth (Sal. 80: 7, 14, 19; Amós 5: 27).

El título "Jehová de los ejércitos" es quizá el más sublime de los títulos divinos. Sugiere un pleno control y señorío sobre el universo entero. Un hermoso ejemplo de esto se halla en Sal. 24: 9, 10, donde se lee literalmente: "Levantad, puertas, vuestras cabezas; y levantaos, puertas de eternidad, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos; él es el Rey de la gloria" (cf. 2 Sam. 7: 26; Sal. 46: 7; 48: 8; Zac. 2: 9).

Se usa unas 300 veces la palabra hebrea 'adon en el Antiguo Testamento. Generalmente se la traduce "señor". Se usa para referirse al dueño de una propiedad, al jefe de familia, o al gobernador de una provincia. En 1 Rey. 16: 24 se traduce "dueño". Es un título de jerarquía, honor y autoridad (ver Gén. 18: 12; 24: 12, 42; Exo. 21: 4; Núm. 11: 28; 1 Sam. 1: 15; etc.). Cuando se aplica este término a Dios, se le da la forma 'Adonai. Aparece por primera vez en Gén. 15: 2, 8; 18: 3. Hace resaltar su posición como señor y dueño, también el derecho que tiene de ser obedecido. Algunas veces aparece en conjunción con Yehowah, traduciéndose "Jehová el Señor" (Exo. 23: 17; 34: 23). También aparece en combinación con 'Elohim (Sal. 35: 23; 38: 15). Véase la tabulación de las combinaciones de nombres en el artículo sobre "Los idiomas, manuscritos y el canon del Antiguo Testamento", en este tomo. El título 'Adonai se encuentra además en la expresión "Señor de toda la tierra" (Jos. 3: 11, 13; Sal. 97: 5; Zac. 4: 14; 6: 5; Miq. 4: 13).

Hay otros dos títulos que expresan la idea de "Altísimo", "Exaltado". Uno es Elyon, del verbo "levantarse". Se encuentran ejemplos en Gén. 14: 18-20, 22; Núm. 24: 16; 2 Sam. 22: 14; Sal. 7: 17; 9: 2; 18: 13; 21: 7; 46: 4; 47: 2, etc., hallándose el último en Lam. 3: 38. El título "Altísimo" de Sal. 92: 8 y Miq. 6: 6 se deriva de otra palabra hebrea, marom, de raíz diferente, "elevarse", "ser exaltado".

El nombre ba'al, "baal", que también significa "señor", "dueño", es común en el Antiguo Testamento, usándose generalmente como título de deshonra, por ser el nombre dado a los dioses paganos. Aparece casi siempre usado en nombres compuestos como Jerobaal, Es-baal y Merib- baal. Pero también se lo aplica a Jehová, traduciéndose "marido" (Isa. 54: 5; Joel 1: 8). Por lo tanto, se usa la forma femenina para indicar la iglesia, la esposa de Dios (ver Isa. 62: 4, "Beula").

Se usan otros títulos como 'El-sur, que se traduce "Fuerte" de Israel (Isa. 30: 29; etc.) y "Roca" (2 Sam. 23: 3; etc.); pero quizá éstos no puedan llamarse nombres propios.

Fuente: contestandotupregunta

miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Es el Espíritu Santo un poder o una persona?


por Mark Finley

La respuesta a esta pregunta está muy relacionada con el proceso de la salvación.


Apenas había terminado de presentar un seminario sobre el reavivamiento en una iglesia local, cuando un anciano se me acercó. Evidentemente había sido cristiano durante muchos años. Amablemente, este caballero de avanzada edad pidió permiso para hacerme una pregunta. Cuando accedí, en seguida comenzó a citar varios versículos de la Biblia. Era obvio que conocía bastante bien la Biblia. Al principio no entendí a dónde se dirigía con sus comentarios, pero entonces llegó al meollo de su pregunta: ¿Es el Espíritu Santo una divina influencia, una fuerza que emana de Dios o es la tercera persona de la Deidad? Muchos cristianos están confundidos con este tema.

¿Es el Espíritu Santo un poder que fluye de Dios como algún tipo de influencia impersonal, o es el Espíritu Santo una persona divina? Le expliqué a mi nuevo amigo que esta pregunta es de enorme importancia.

Si el Espíritu Santo es la tercera persona de la Deidad, igual que el Padre y el Hijo, pero lo consideramos una influencia impersonal, le estamos robando a una persona divina el honor, el respeto y amor que solo le pertenecen a él. Si el Espíritu Santo es una mera influencia o poder, intentaremos apoderarnos de tal poder y utilizarlo. Pero si reconocemos que el Espíritu Santo es una persona, nos rendiremos a su influencia y conducción, abriremos nuestro corazón a sus instrucciones y le cederemos nuestra voluntad. Nuestro único deseo será permitirle que nos use.

Es absolutamente vital entender quién es el Espíritu Santo y cómo obra. El concepto falso del Espíritu Santo como un poder o una fuerza puede llevarnos a la exaltación propia: “Miren cuánto poder tengo”. Por contraste, el concepto correcto del Espíritu Santo como la tercera persona de la Deidad nos lleva a rendirnos a su voluntad.

Desafortunadamente, muchos cristianos en iglesias de todo el mundo no tienen una comprensión clara de quién es el Espíritu Santo o cuál es su obra en sus vidas. El Dr. Bill Bright, el fundador y ex presidente de Campus Crusade for Christ (Cruzada universitaria por Cristo), señala que su organización ha encuestado a “miles de cristianos en iglesias alrededor del mundo”, y tristemente, “cerca de un 95 por ciento de los encuestados indica que tiene poco conocimiento acerca de quién es el Espíritu Santo o por qué existe”.

¡Qué tragedia! Entender la enseñanza de la Biblia acerca del Espíritu Santo es absolutamente vital para el desarrollo de la vida cristiana.

¿Quién es el Espíritu Santo?
Es bastante fácil para nosotros percibir al Padre y a Jesús como personas. Nuestra mente se forma imágenes mentales de ambos. Pero al considerar que el Espíritu Santo es alguien misterioso, invisible y un tanto secreto, y que su presencia es universal, a veces tenemos dudas acerca de su identidad.

He aquí el error que cometemos. A menudo igualamos la personalidad divina con su visibilidad. Si el Espíritu Santo es omnipresente, concluimos que debe ser la fuerza o presencia de Dios, pero no un ser divino. Es verdad que nunca entenderemos la complejidad de los caminos de Dios. Según dijera un teólogo destacado: “Intentar entender la Trinidad equivale a perder la mente. Negar la Trinidad equivale a perder el alma”. Pero la buena noticia es que no tenemos que entender todo respecto de algo para apreciar algo que quizá conocemos solo parcialmente. Yo no entiendo todo lo referido a la electricidad, pero no voy a permanecer en la oscuridad hasta que la entienda.

Igualmente, aunque no comprendamos completamente todo sobre la naturaleza del Espíritu Santo, podemos recibir la enseñanza bíblica sobre el Espíritu por la fe e invitar al divino Inquilino a que se hospede en nuestro corazón.

Hay otro problema serio con la idea de que el Espíritu Santo es meramente una fuerza o la influencia poderosa de Dios y no la tercera persona de la Deidad: La idea es contraria a las Santas Escrituras. La Biblia contiene tres textos sencillos del Nuevo Testamento que describen el trío divino que compone la Deidad. Ninguno de estos pasajes sugiere que un miembro de la Deidad sea inferior o de menor valor que el otro. El último mandato de nuestro Señor a sus discípulos fue: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (S. Mateo 28:19). Cuando los creyentes del Nuevo Testamento se hicieron cristianos, entraron en una comunión divina, una integración celestial con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

En Efesios 2:18, el apóstol Pablo describe la unidad de propósito de la Deidad con estas palabras: “Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”; y el apóstol describe la unidad de la Deidad en Hebreos 10:9-15 en términos de tres acciones: El Padre decide, el Hijo obra y el Espíritu Santo testifica.

A lo largo de las Escrituras, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo colaboran para cumplir el propósito del Cielo en el plan de la redención. Están presentes en la creación, en el bautismo de Jesús, a lo largo de su vida, en la cruz, la resurrección y durante su ministerio en el Santuario celestial.

El apóstol Pablo concluye su segunda carta a los corintios con estas palabras reveladoras: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Corintios 13:14). Este texto habla de tres cosas: El amor de Dios, la gracia de Cristo y la comunión del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento, Dios reveló su amor por medio de las advertencias e instrucciones de los profetas. En el Nuevo Testamento, Dios reveló su amor por medio de la vida y la muerte de Jesús. A este amor lo llamamos gracia. Desde la resurrección de Jesús y la inauguración de su ministerio en el Santuario celestial, Dios revela su amor por medio de la presencia personal o comunión del Espíritu Santo en nuestra vida.

Por medio del Espíritu Santo somos llevados al compañerismo con el Padre y el Hijo. Por medio del Espíritu Santo entramos en comunión íntima con Dios. Antes que Cristo viniera en la carne, el Padre era la persona más conspicua de la Deidad, la que colmaba el horizonte. Cuando Jesús vino, él colmó el horizonte. El mundo del Nuevo Testamento vio el amor de Dios por medio de Jesús. Por esto es que Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (S. Juan 14:9).

Una vez que Jesús ascendió al cielo, entramos en una nueva dispensación: La dispensación del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es tan real, tan divina persona, tan miembro de la Deidad como el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo no es una influencia nebulosa que emana del Padre. No es una fuerza impersonal, algo que apenas puede reconocerse, ni tampoco un principio invisible de vida.

El Espíritu Santo es divino

LeRoy E. Froom en su libro La venida del Consolador lo expresa de esta manera: “Jesús fue la persona más notable e influyente que jamás existiera en este viejo mundo; y el Espíritu Santo vino a llenar su lugar vacante. Nadie sino una persona divina podía tomar el lugar de su persona maravillosa. Jamás una mera influencia hubiera sido suficiente” (pp. 37, 38).

Como un trío que canta una música celestial en tres partes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo unen armoniosamente sus voces en un canto de salvación para redimirnos. El Espíritu Santo vino con la plenitud del poder divino a los primeros discípulos en Pentecostés. El plan del Cielo es que el Espíritu Santo venga con la plenitud del poder divino sobre todo creyente.

En los capítulos 14 al 16 del Evangelio de Juan, Jesús describe el ministerio del Espíritu Santo en detalle. Estas son probablemente algunas de sus palabras más importantes. Sus enseñanzas sobre el Espíritu Santo pueden transformar la vida.

He aquí las palabras del propio Jesús: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (S. Juan 14:16, 17). En San Juan 16:7, el Maestro añade: “Si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré”.

Según la Palabra de Dios, el Espíritu Santo cumple varias funciones: (1) El Espíritu Santo es nuestro Ayudador (S. Juan 14:16). (2) El Espíritu Santo es nuestro Maestro personal (S. Juan 16:13). (3) El Espíritu Santo es nuestro Guía personal en las decisiones que tomamos en la vida (S. Juan 16:8, 13). El Salmo 32:8 añade: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”.

Sea cual fuere la manera en que Dios nos guía, lo hace a través de su Espíritu Santo. ¿Abrirás hoy su corazón a su influencia transformadora?

fuente: El Centinela. Marzo 2011

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